Capítulo 6
Yo tampoco quiero ver ni oír a nadie más: ni fiesta, ni música. Vuelvo a estar sola y tengo frío. Mucho frío. Mucho más del que se siente por simplemente congelarse en una terraza. La decepción y el dolor tienen un precio, y en este mismo instante están devorando todo lo que hay de vivo en mi alma.
Al menos me doy cuenta de una cosa: si mi corazón amara de verdad, ahora mismo me moriría.
Tanteo la pared con las manos y entro corriendo en una habitación. Es un dormitorio amplio, está en penumbra, pero junto a la cama hay una lámpara de pie encendida.
Me da tiempo a oír la voz de Vlad y a notar una sombra cruzando detrás de mí cuando, presa del pánico, me escondo en el vestidor de otra persona. Mi novio está con otra, y yo siento vergüenza por los dos.
***
Ruslán
Hoy en casa de Vitka Artiémiev se ha juntado un montón de gente y la noche promete no ser aburrida. Cuando invité a mis amigos, sabía que Bámper lo organizaría todo como es debido, y aun así he subestimado la magnitud de la fiesta. La gente sigue llegando y ya no me sorprende ver caras conocidas de la universidad.
Max sigue soltando rollos sobre lo increíbles que son las vistas desde el balcón y preguntándome por qué no le presenté antes al Pelirrojo. Artem, con las manos en los bolsillos del pantalón, pasa como siempre de la atención de la enésima chica, y Malvín suelta sus chistes estúpidos, intentando integrarse y caer bien a todo el mundo.
Más le valdría gustarle a Zhanka, porque ya me duelen las mandíbulas de fingir que su parloteo me interesa más que su mano en mi abdomen. Y aunque no me importa sentirla ahí, Zhanka me irrita profundamente, pegándose a mí a cada minuto. A ella parece no importarle que yo sea dos años menor y que esté pasando olímpicamente de ella después de lo que hubo.
Se ríe a carcajadas con el último chiste de Malvín: "¿Habéis visto? ¿Alguien ha llamado a Snegúrochka? ¿A que esa chica tiene todas las papeletas para llevarse el premio gordo de la noche: la atención del Pelirrojo?", cuando, al darme la vuelta, me atraganto con mi propia risa al ver a Alicia Sniezhna en el vestíbulo.
Hay humo, está a oscuras y lleno de gente, pero es ella, seguro. Ya nos hemos tomado un cóctel fuerte, pero aún no estoy tan borracho como para equivocarme. Reconocería a esa chica en cualquier parte.
Ella también me ve y asiente, y yo me quedo mirándola como un idiota. No es la primera vez. Con la nieve sin derretir en su pelo largo, pareciendo purpurina, realmente parece la protagonista de un cuento de invierno.
Pero, ¿qué hace ella aquí? Conozco a Sniezhna desde el colegio y nunca la he visto en fiestas como esta... a diferencia de su novio el cachas. Pero ese imbécil sabe muy bien cómo vender humo.
De pronto me doy cuenta de que es poco probable que Alicia sepa que Rybkin también está aquí, si no, habrían venido juntos. Y Sniezhna nunca ha parecido lo suficientemente fuerte como para soportar una sorpresa así.
— Mierda —suelto un taco, quitándome la mano de Zhanka del cuello—. ¡Lo que faltaba, Nieve aquí!
— ¿Qué nieve, Rusik? —sigue sonriendo Zhanka, mirando alrededor confundida—. Tú no fumas cosas raras, ¿verdad, Ruslán? —intenta abrazarme, pero ya he perdido el interés en ella. Cuando Nieve está cerca, no puedo pensar en nadie más.
— ¿Seva? —me dirijo a Malvín, alejándome del grupo—. Entretenla tú, tengo que irme. ¡Es importante!
— ¿Ruslán? —insiste Zhanka agarrándome del codo, pero quitársela de ahí es aún más fácil que del cuello. Resentida, me lanza un grito al ver que no puede detenerme—: ¡Pues no vuelvas a acercarte a mí!
Encuentro a Alicia con su amiga en la terraza. Están bailando. Sé que a Sniezhna no le hará ninguna gracia que me acerque, así que me quedo a un lado. Hoy lleva una falda corta y un jersey azul. Su pelo rubio se mueve en una ola preciosa sobre su espalda al ritmo de la música, y sus caderas esbeltas se balancean. Me encanta mirarla, y no puedo hacer nada contra eso. Pero me obligo a observar alrededor.
Lo sabía. Su cachas se está restregando de lo lindo con una morena en el lado opuesto de la terraza, claramente sin sospechar que su novia está aquí. ¡Será idiota! ¡Si le hace daño a mi Nieve, lo mato yo mismo!
Pero me olvido de todo cuando veo a Alicia y a su amiga rodeadas de los tíos populares. Están hablando, y eso sí que me sorprende. Conozco a esos tipos y sé perfectamente de qué son capaces; noto cómo me invaden los celos.
Nunca tuve dudas de que Sniezhna acabaría dejando al Besugo. Pero no soporto ver cómo se la queda otro.
— ¡Mardzhánov, hola! ¡Ruslán, baila con nosotras! —me asaltan unas chicas conocidas que se cruzan en mi camino, y tardo un rato en quitármelas de encima sin ser demasiado brusco.
Cuando lo consigo, veo que la amiga de Sniezhna se ha quedado sola en la terraza; Alicia ya no está. No me extraña, siempre ha evitado los sitios fríos.
¡Mierda, y el cachas de Rybkin tampoco está!
Regreso al piso justo en el momento en que él está montando el numerito a la entrada de una de las habitaciones, pensando que a nadie le importa lo que hagan. El idiota está manoseando a la otra delante de su propia chica, tan seguro de que ella no se enterará que ni siquiera mira a los lados. Solo le falta sacársela de los pantalones y ponerse ahí mismo con la otra para terminar de destruir a Nieve.
Localizo a Alicia con la mirada y veo que está desencajada. Casi se mimetiza con el fondo blanco del salón, con los ojos de par en par, retrocediendo presa del pánico.
Ya, claro, las histerias y las escenas no van con la "estudiante perfecta" Sniezhna. Es mucho mejor matarse a estudiar, luego a trabajar, y demostrarle a un mundo al que le importa todo un bledo que ella es digna. Digna del amor de sus allegados, de buenas notas y de la atención incluso de un cretino como Rybkin.
¡Lo que pasa es que todas esas esperanzas son malditas ilusiones que siempre acaban rompiéndose! ¡Tantas veces intenté decirle que se equivoca, que en la vida todo es más sencillo! Si quieres, lo haces; si no quieres, no. ¡Es fácil ser uno mismo!
Pero claro, ¿quién me iba a escuchar? Y menos Sniezhna.
Alicia retrocede y corre hacia un dormitorio ajeno, porque de lo contrario no podrá evitar encontrarse con la parejita y tener una bronca desagradable que atraería a toda la fiesta. A mí me da igual quién me vea. Cuando me lanzo tras Sniezhna, esos dos están tan pegados el uno al otro que no se dan cuenta de nada.
Entro en el dormitorio y miro alrededor, pero Alicia no está por ninguna parte. Solo la puerta del vestidor se tambalea, delatando dónde se ha escondido.
No pienso en lo que hago. Entro directamente tras ella. Suelta un grito ahogado por el susto, pero enseguida le tapo la boca con la mano, echándome encima.
— Chis, Nieve —susurro—, soy yo.
— Mierda —suelto por lo bajo, colocándome detrás de ella y cerrando rápido la puerta del vestidor, porque el imbécil de Rybkin y su gallina entran en la habitación justo después.
— Vlad, ¿estás seguro de que no va a entrar nadie? —oigo cómo se cierra la puerta del dormitorio, amortiguando los ruidos del piso.
— Seguro, nena. ¡Somos unos auténticos aventureros!
— ¡Ay, me encanta! ¿Y si alguien se imagina algo?
— A todo el mundo le da igual, ¿aún no te has enterado?
— ¿Y a ti?
— ¡A mí también!
— ¿De todos?