Capítulo 2
Seis meses después…
— Alicia Yúrievna, ¿ha terminado ya? ¡Le recuerdo que la escuela infantil cierra en cinco minutos! Tengo clase con el grupo de adultos.
— ¡Sí, María Borísovna! ¡Denos un minutito más y quedará libre el aula! ¡Estamos terminando de completar las fichas de los deberes!
— Bueno, Zapatito, ¿recogemos? —me dirijo a mi alumna más pequeña, ayudándola a pegar las fichas con dibujos en el cuaderno que juntas bautizamos como «La aventura de Zapatito en el país de los Porqués»—. Es hora de ir a casa.
Esta es una escuela privada especializada en idiomas extranjeros. Varios días a la semana trabajo aquí enseñando inglés a niños de seis años. Es un empleo a tiempo parcial que compagino con mis estudios en la universidad; justo ahora termino la lección con la pequeña que se inventó ese apodo tan tierno.
Salgo del aula y la niña, que en realidad se llama Katya, corre alegremente hacia su padre agitando el cuaderno. Al llegar a su lado, se gira para mirarme.
Entro en el vestíbulo y dejo mi mochila en el sofá, junto con mi plumífero y el gorro, cuando noto que el hombre se me acerca.
— ¿Y qué tal se ha portado Katya hoy? —pregunta con la atención típica de cualquier padre.
Como ya nos habíamos saludado antes, respondo con una sonrisa:
— Muy bien. Su hija es una maravilla y se esfuerza mucho. ¡Puede estar orgulloso de ella!
La pequeña lo oye y da saltitos junto a la mano de su padre.
— ¡Papá, ya sé cómo se llaman tus verduras favoritas! ¡Y por qué hay que comerlas! ¡Dentro viven las vitaminas y cada una tiene su propia letra!
El hombre se sorprende y sacude la cabeza.
— Vaya, Alicia Yúrievna. Se ve que tiene un don especial con los niños. Al cole vamos a rastras, ¡pero aquí viene corriendo como si fuera una fiesta!
Es halagador oír algo así, por lo que confieso con sinceridad:
— Gracias. Intento ser lo más útil posible para su hija. La confianza en el profesor es un factor clave en el aprendizaje. Su niña y yo nos caemos bien, ese es todo el secreto. ¿Verdad, Zapatito? —le sonrío a la pequeña y ella asiente.
— ¡Sí!
— Cariño, espérame junto a la ventana —le pide el padre con dulzura—. Tengo que hablar con Alicia Yúrievna.
— Dígame… —respondo cuando la niña se aleja y el hombre se planta frente a mí.
— Maxim. Por favor, ¡puedes llamarme solo por mi nombre!
Es un hombre de unos treinta y pocos, me dobla en tamaño, y llamarlo por su nombre de pila me resulta, cuanto menos, incómodo. Me sonríe de forma sugerente, haciendo una pausa mientras me observa, como si estuviera a punto de proponerme algo.
¿Habré hecho algo mal y quiere dejar las clases?
Aún no sé la respuesta, pero una sensación desagradable ya me hace tensar la espalda.
— Alicia, sé que eres estudiante y, por lo que entiendo, necesitas mucho el trabajo —dice finalmente—. En pocas palabras, que vas corta de dinero.
Es un comienzo de conversación extraño. No me gusta nada, pero intento responder con cortesía y reserva:
— No exactamente. No es que lo «necesite» desesperadamente, sino que quiero cubrir mis necesidades básicas. Tengo casa y comida, pero no libertad financiera; por eso trabajo aquí e intento hacerlo bien. Pregunte a quien quiera.
— No lo dudo. Pero no me refiero a eso.
— ¿A qué se refiere entonces?
— Te pasas aquí todas las tardes, y eso es injusto para una chica tan joven y atractiva. Lo que quiero decir es que yo podría regalarte esa libertad.
— ¿Cómo? ¿Qué significa «regalar»? —no acabo de entender.
— Digamos que podría costear parte de tus necesidades y deseos, si tú…
— ¿Si yo qué?
Increíblemente, el hombre sigue sonriendo con esa cortesía algo condescendiente, como si la conversación le resultara placentera.
— Alicia, ¿por qué te pones tan tensa? Solo te propongo que cenemos juntos… para empezar. Conocernos mejor y hablar.
¿Para empezar?
Ni siquiera quiero oír lo que vendría después de esa charla. Me quedo pálida al instante ante su propuesta. ¡Como si fuera yo, y no él, la que acabara de decir una indecencia!
¡Me imagino la cara que debo de estar poniendo!
— No.
— ¿Alicia?
— Tengo novio, y usted seguramente tendrá esposa. Por favor, Maxim, no siga —me doy la vuelta hacia el sofá y cojo mi abrigo. Saco el gorro de la capucha y me visto intentando no mirarlo—. No me interesa.
No lo veo, pero oigo cómo cambia su tono de voz, pasando de amable a mordaz y frío. Es como si en ese instante la verdadera persona hubiera brotado tras la máscara falsa.
— Más vale que admitas que eres un témpano de hielo, tal como pareces. ¡Joven y frígida! ¡No tienes a nadie, de lo contrario al menos te habrías puesto colorada!
Tengo diecinueve años. Es edad suficiente para que no me sorprenda una propuesta así ni me asuste su descaro. Pero no la suficiente para responder con altura al insulto de un hombre adulto.
Por eso, simplemente me marcho tras agarrar mi mochila. Si supiera que ya estoy acostumbrada a ser «la chica de hielo».
— Adiós. ¡Hasta luego, Zapatito! —le sonrío a la niña, que espera con ilusión a ver qué cosa buena le dice su profesora a su querido papá—. Te has portado genial. ¡Nos vemos en el país de los Porqués!
— ¡Hasta la vista, Alicia Yúrievna!
En la ciudad estamos a principios de diciembre. Ya es invierno, pero no hay rastro de nieve. Las calles siguen grises y brumosas, empapadas por una fina llovizna. Dan ganas de huir de ellas hacia el confort y el calor; allí donde hay una manta suave y una taza de té caliente. Pero en su lugar, me dirijo al frío del metro.
Detesto el fango y el frío, siempre estoy helada; quizá por eso me he acostumbrado a vestir con ropa térmica y a caminar rápido. Llevo a mis espaldas un día de universidad, estudio en la biblioteca y las clases particulares. Estoy bastante cansada y, a estas horas de la tarde, me mezclo con la multitud deseando llegar pronto a casa.
Bajo al metro, tomo el tren hasta mi estación y me dirijo a la salida cuando, de repente, oigo una voz familiar:
— ¡Alicia! ¡Eh, Sniezhna, estoy aquí! ¡Espera! ¿Adónde vas volando, arrendajo?
Es Vlad. Ralentizo el paso y sonrío ante el apodo que mi tío inventó para mí de pequeña, y que luego mi novio escuchó y no olvidó. Es gracioso, me gusta mucho más que el frío «Nieve». Y es que no hay forma de explicarle a Ruslán por qué.
Localizo entre la multitud a un chico alto y fuerte, con el pelo castaño claro bajo el gorro, y me acerco a él. Enseguida me pasa el brazo por los hombros y me besa en los labios:
— Hola.
— Hola, Vlad. ¿Llevas mucho esperando?
— No, solo tres minutos. ¡Sniezhna, adoro tu puntualidad!
Sí, vivo con horarios y planes, me resulta más fácil así; pero él también es siempre organizado y puntual como un reloj. Así nos conocimos hace dos años, cuando íbamos juntos a los cursos preparatorios para la universidad. Sin ponernos de acuerdo, coincidíamos en la entrada del metro a la misma hora y luego subíamos al mismo vagón.
Él fue el primero en fijarse en mí y en acercarse. Durante mucho tiempo fuimos solo amigos, hasta que decidimos dar un paso más en nuestra relación.
— No es puntualidad —le sonrío al chico y me aparto un poco. Caminamos hacia la salida—. Es por los horarios de los trenes y el horario de clases. En lo demás, confío en mis piernas y en mi reloj. ¿Y tú qué haces aquí? —pregunto sorprendida—. ¿No tenías entrenamiento?